Queridos hábitos nuestros

 

                                                            

“Nuestra vida entera no es más que un amasijo de hábitos”, escribió el psicólogo y filósofo Williams James en 1892.

Lavarnos los dientes, conducir, practicar deporte, desayunar, fumar, leer, abrir una puerta, mirar el correo y las redes sociales, comer… Son hábitos que repetimos diariamente sin apenas darnos cuenta, de manera inconsciente y automática.

Los hábitos son la base de nuestro comportamiento e influyen en la forma en que actuamos en la mayoría de las ocasiones sin que lo notemos. Nos facilitan la vida y, aunque signifiquen relativamente poco por sí solos, dan forma a nuestro día a día y tienen un gran impacto en nuestra salud, productividad y felicidad.

El cerebro crea hábitos porque busca sin cesar economizar energía para utilizarla en otras tareas (esto deriva de nuestros ancestros, que guardaban sus energías para cazar y recolectar, con el fin último de sobrevivir y perpetuar la especie).

Un hábito es aquella costumbre que adquirimos por la repetición constante de una determinada acción, de manera que se va grabando en el cerebro hasta que llega un momento en que no supone un esfuerzo para realizarla y se convierte en rutina automática. ¿Recordáis vuestras primeras clases de conducir? Todo era nuevo, y había tantos detalles a tener en cuenta que nos parecía imposible atender a todo a la vez. Y lo conseguimos. Ahora lo hacemos sin pensar, qué marcha voy a poner,  qué referencias eran las que tenía que tomar para aparcar o qué pedal tengo que pisar ante un obstáculo repentino en la calzada. Todo lo realizamos automáticamente, sin ser conscientes de que así lo hacemos.

Los hábitos surgen porque nuestro cerebro está buscando la forma de esforzarse menos, y la acción transformada en hábito le permite descansar con más frecuencia.

En su creación intervienen dos partes del cerebro, la corteza prefrontal, más actual, y los ganglios basales, nuestra parte más ancestral.

La primera es nuestra mente racional, forma parte de nuestro sistema consciente y se encarga de la atención, búsqueda de nuevas señales y la realización de nuevas rutinas y actividades como aprender la técnica de un nuevo deporte, comer al estilo asiático con palillos o realizar cualquier tarea que no hayamos probado con anterioridad… Es la parte del cerebro que más energía consume (¡un 20 por ciento del total de nuestro día!) y, como éste quiere economizar, busca incesantemente cederle el testigo a los ganglios basales.

En los ganglios basales se alojan los hábitos y también las emociones. Es nuestra mente inconsciente y tiene un gasto de energía mínimo. El cerebro, al querer ahorrar esta energía, busca automatizar sus acciones y le pasa al testigo a dicha parte del cerebro. Lo hace porque es lo mejor para la supervivencia, sin tener en cuenta si esas acciones son buenas o malas, o si son beneficiosas o no para nuestra salud y felicidad. Solo busca lo justo para sobrevivir, sin atender a los beneficios o perjuicios a largo plazo.

Para que se dé este paso de testigo y una rutina se vuelva automática es indispensable repetir una y otra vez los tres pasos que conforman el bucle del hábito:

-La señal, que inicia el comportamiento y será el detonante que le indicará en un futuro si le interesa o no poner el piloto automático (cualquier señal puede convertirse en detonante ya sea ver a alguien tomar un cerveza, el olor a café, abrir la cerradura de la puerta de casa, hormigueo en el estómago, recibir una crítica, una alarma en el reloj…)

-La acción o rutina a ejecutar, cualquiera de nuestro día a día es válida (por ejemplo, atarse los cordones de las deportivas, vestirnos o subir los peldaños de la escalera).

-La recompensa tras esa acción (como puede ser el frescor de la pasta dentífrica tras lavarnos los dientes, la activación de la cafeína de un refresco de cola, el efecto de relajación tras una ducha caliente), que ayuda al cerebro a decidir si vale la pena recordar este bucle para siguientes ocasiones (recuerda que si no provocamos de manera consciente y voluntaria que se construya el hábito, lo hará el cerebro sin pedirte permiso, eligiendo él solito las recompensas. Es lo  ocurre con numerosos hábitos no saludables, incluidas las adicciones.

Los hábitos no determinan nuestro destino, sino que es posible cambiarlos o reemplazarlos. Si entendemos su funcionamiento será más fácil controlarlos y “desmontarlos” en partes para reajustarlos a lo que queremos o necesitamos.

Nuestro cerebro se puede reprogramar gracias a su flexibilidad y capacidad de crear nuevas rutas de comportamiento (neuroplasticidad), nuevas conexiones que hacen posible crear nuevas rutas neurológicas, desterrar así nuestras malas tendencias, cambiar rutinas poco deseadas y sustituirlas por otras encaminadas a nuestros  intereses, objetivos y proyectos que sí deseamos, para construir con ello una vida más plena y feliz.

¿Te animas a cambiar tus hábitos?

¡Contacta conmigo! Estaré encantada de ayudarte.

Raquel@elpoderdequerer.com

616032430

 

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