El malvado placer dulce

La aparición de la incidencia de enfermedades cardiovasculares en las últimas décadas del siglo XX, provocó que los diferentes gobiernos empezaran a tomar medidas en favor de la prevención cardiovascular, y la principal recomendación fue reducir la cantidad de grasa de las dietas.

A causa de la reducción de este consumo, la población empezó a sustituir esas calorías por las de los hidratos de carbono altamente refinados, como es el caso del azúcar, que la industria se ha encargado de añadir sin medida a muchos productos procesados. Comida fácil, sabrosa y accesible para nuestra vida ajetreada y nuestros deseos inmediatos de sensaciones placenteras.

Un artículo que se publicó en la revista Nature en 2012 (“La verdad tóxica sobre el azúcar”) demuestra que el consumo de azúcar está asociado a la gran elevación de enfermedades crónicas como cardiovasculares, diabetes, obesidad o cáncer (efectos similares a los del alcohol).

Alimentos fabricados con refinados como el pan blanco o la pasta tienen el mismo efecto sobre el organismo que el azúcar blanco

No solo el azúcar refinado puede generar estos problemas. Otro tipo de hidratos de carbono refinados como la harina (la del pan blanco, ese que comemos acompañando a todo), al mezclarse con la saliva  también se convierte en glucosa y  es como si comiéramos azúcar. El cuerpo humano convierte de forma rápida pan blanco, galletas, pasta o patatas fritas en azúcar. Este elemento pasa pronto a la sangre y produce picos de glucosa en sangre.

Los azúcares añadidos a los ultraprocesados han sido motivo de experimentos para encontrar el “punto de felicidad” (bliss point) que estimula el deseo de tomar más de lo mismo (estimulan nuestro centro del placer). El exceso de azúcar produce síntomas similares a los de la adicción, lo mismo que el tabaco y el alcohol.

Los azúcares añadidos a los ultraprocesados producen síntomas similares a los de la adicción

El azúcar además sobreestimula la hormona del apetito, la grelina,  favoreciendo la necesidad de comer más, y también reduce la acción de la leptina, que es la hormona asociada a la saciedad, esa que da la señal de que ya tenemos los nutrientes necesarios y que podemos parar de comer.

Aunque es cierto que el azúcar puede levantarnos el ánimo porque provoca la producción de serotonina, y que subidón rápido que proporciona es una de las razones por las que celebramos las fiestas con dulces, debemos tener en cuenta que ese incremento de glucosa dispara también los niveles de insulina. Este aumento del nivel de insulina lo provoca el organismo para recuperar el equilibrio glucémico y evitar males mayores. A su vez, esto va a generar el efecto contrario: bajón de azúcar, antojo de más, ansia, y deseo irrefrenable de repetir. Gratificación aparente que no sacia el hambre real.

El azúcar interfiere en la acción de diferentes hormonas, alterando el sistema de alerta hambre-saciedad

Y aunque solo pensar en comer algo dulce produce subidón de dopamina (estimula el centro del placer), el hecho de ingerir azúcar disminuye la acción de dicha hormona en el cerebro. Esto provoca una reducción de la satisfacción de comer en sí, la que sentimos cuando ingerimos comida real. La consecuencia otra vez es que acabamos necesitando ingerir azúcar con más frecuencia para  obtener esa fugaz sensación de bienestar.

No hay ningún problema en consumir azúcares naturales contenidos en la fruta y otros alimentos frescos (excepto para intolerantes a la fructosa). Ese azúcar no es nocivo (en cantidades normales) porque forma parte de la composición natural del alimento. No está en forma de cristales y es saludable. No tiene ningún riesgo, porque va acompañada de otros nutrientes, como la fibra, que “dosifican”, por decirlo de alguna manera, la entrada  y distribución de glucosa en el organismo.

Los azúcares contenidos de manera natural en la fruta y otros alimentos frescos no genera efectos nocivos como los del azúcar refinado porque van acompañados de otros nutrientes

Lo malo de todo esto es extraer, por ejemplo, la sacarosa de la caña o la remolacha y cristalizarla, o refinar el grano en harina desechando la fibra presente en su “envoltorio” original. Ese producto resultante del proceso de refinado es el que conlleva peligro para nuestra salud. El azúcar en cristalitos, tanto como el alcohol o la harina refinada, aporta solo calorías vacías. No tiene ni vitaminas ni minerales. Es combustible puro.

A diferencia de la fructosa contenida en una pieza de fruta o granos de trigo o arroz integral que van acompañados de elementos beneficiosos como la fibra, el azúcar produce picos casi inmediatos de insulina y esto hace que se produzca un efecto rebote y pronto vuelva el hambre, como hemos visto anteriormente.

La opción para dejar de tomar o reducir la ingesta de azúcar refinado no es sustituirlo por azúcar moreno. Éste hace el mismo daño que el anterior. Tampoco es solución sustituirla por diversos azúcares que aparecen (¡ojo a las etiquetas!) con nombres diferentes y menos habituales como dextrosa, sacarosa, jarabe o sirope de maíz, sirope de agave, fructosa, maltodextrina y muchos otros. Todos son la misma sustancia, con otra denominación.

Nuestros ancestros solo consumían  azúcar a través de la fruta o de la miel, accesibles solo en época de recolecta. La naturaleza nos puso difícil conseguir azúcar. Actualmente lo tenemos muy fácil. Ahora tanto el azúcar como el alcohol son fáciles de conseguir… Ya se encarga la industria alimentaria de añadir azúcar prácticamente a todos los alimentos procesados.

Aunque ahora resulte muy fácil, la naturaleza nos puso difícil conseguir azúcar 

Os quiero invitar a participar en la caída del mito de que debemos consumir azúcar porque es un producto natural y necesario. Y es cierto que es un producto natural, igual que el alcohol, pero también igual de tóxico. También es cierto que la glucosa es necesaria para nuestro organismo, pero no en ese formato.

Os animo a que centréis la atención en la glucosa presente en productos naturales, en frutas y verduras, y en los hidratos de carbono procedentes de granos integrales. Os invito a que enfoquéis vuestra atención en la comida real. Pero por favor, ¡no te comas un melón de una sentada! Cualquier sustancia en exceso producirá desequilibrios.

Comer comida real y alimentarnos conscientemente son combinación perfecta para reducir el consumo de azúcar refinado y aumentar nuestro bienestar

Comida real y alimentación consciente son combinación perfecta para reducir el riesgo de incidencia de diversas enfermedades, y también para nutrirnos de una forma realmente saludable aumentando nuestro bienestar.

¿Practicas la alimentación consciente? Contacta conmigo: Raquel@elpoderdequerer.com

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